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lunes, 19 de diciembre de 2011

El apóstol Juan desterrado a la isla de Patmos, 97 d. C.

 Juan, apóstol y evangelista, fue uno de los hijos de Zebedeo y hermano de Jacobo el mayor. Nació en Nazaret y era pescador de oficio (Mateo 4:21). A él lo llamó Cristo cuando lo vio ocupado junto con su padre, remendando las redes para la pesca. En seguida dejó las redes, el barco y su padre, y, con Jacobo, su amado hermano, siguió a Cristo.

Después de ser discípulo, se convirtió en apóstol de Cristo y fue contado entre los doce que el Señor había escogido para su servicio.
Después de la resurrección de Cristo, se mostró tan ansioso que al correr hacia la tumba del Señor juntamente con Pedro, su compañero apóstol, se le adelantó a Pedro, mostrando así el afecto que sentía por su Señor quien había sufrido una muerte deshonrosa y que había sido enteramente abandonado por sus demás amigos. Juan 20:4
Años más tarde, a fin de refutar los errores hechos por Ebión y Cerinto, 3 quienes negaban la divinidad de Cristo, él escribió su evangelio para glorificar y exaltar a su Salvador, comenzando de esta manera: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” También leemos: “Y aquel Verbo fue hecho carne” Juan 1:1-14. Con estas palabras, nos da a entender la verdadera encarnación del Hijo de Dios, a quien sea la alabanza y la gloria para siempre. Amén.
A Juan se le llama en el evangelio el amado del Señor, o el discípulo a quien Jesús amaba, porque el Señor amó a Juan de manera especial.
Pero ya que es la voluntad de Dios llevar a sus hijos a la gloria por medio de mucha tribulación y aflicción, este amado amigo de Cristo tampoco se pudo escapar, sino que a través de toda su vida fue probado con diversas tribulaciones, según lo que el Señor les había dicho a él y a su hermano Jacobo: “A la verdad, del vaso que yo bebo, beberán, y con el bautismo con que yo soy bautizado, serán bautizados” Marcos 10:39. Es decir, serán sujetos al sufrimiento y aflicción como fue sujeto Cristo.
Esto llegó a cumplirse en él de varias maneras. Los antiguos escritores escribieron que en Roma lo metieron en una tina llena de aceite hirviendo, pero que milagrosamente de ella fue salvo, el mérito de lo cual dejamos sin dudarlo. También según las Escrituras, es cierto, que a él le tocó pasar largo tiempo en la desértica isla de Patmos, donde había sido desterrado por causa del testimonio de Jesucristo. Con respecto a ello, Juan mismo hace esta declaración: “Yo Juan, su hermano, tengo parte con ustedes en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios, y el testimonio de Jesucristo” Apocalipsis 1:9.
Pero por quién o por qué había sido desterrado a esa desértica isla, no nos dicen las Escrituras, excepto que él estaba en tribulación por la Palabra y por el Señor. Algunos de los escritores antiguos, sin embargo, sostienen que el emperador Domiciano desterró a Juan en 97 d.C, quien lo había sentenciado y desterrado allí en su ira y disgusto, porque Juan predicaba la Palabra de Dios.
En dicha isla, situada en el Mediterráneo entre Asia menor y Grecia, aproximadamente a unos ciento noventa kilómetros hacia el noroeste de Jerusalén, fue en verdad abandonado por todos, quedándole solamente la compañía de fieras salvajes y animales venenosos que habitaban aquel lugar. No obstante, el Señor habitó junto con él, dándole su consuelo celestial. Durante su destierro, el Señor se le presentó y reveló a Juan muchas cosas hermosas y visiones gloriosas en cuanto a la condición de la iglesia de Dios hasta el fin del mundo.

 El apóstol Juan desterrado a la isla de Patmos, 97 d.C

Él escribió su Apocalipsis o Revelación, un libro excelente, lleno de divinas y verídicas profecías, procedente de las visiones y celestes apariciones. Algunas han sido ya cumplidas, pero otras aún faltan por cumplirse.
Cuando la hora de su partida se acercaba, el Señor le habló en esa isla, diciendo: “Ciertamente vengo pronto”, y Juan contestó con un alma llena de consuelo: “Amén; sí, ven Señor Jesús” Apocalipsis 22:20.
Cuando el emperador Domiciano, quien lo había desterrado a esa isla, murió y Nerva reinaba en su lugar, Juan fue librado y llevado de vuelta a Éfeso, donde antes había sido obispo de la iglesia. Esto ocurrió como en el año 99 d. C. según la historia. Consecuentemente, el confinamiento de Juan duró dos años allí. Los antiguos escriben que todavía sufrió mucho por el nombre de Cristo y fue obligado a beber veneno. Pero el veneno no le hizo daño según la promesa de Cristo. Finalmente murió en paz en Éfeso, durante el reinado del emperador Trajano, después de haber servido en el santo evangelio por cincuenta y un años, siendo ya de la edad de ochenta años. Y así, esta gran luz reposa en el Asia.